MALVONES

Nunca le gustaron, sobre todo porque crecen por doquier y no tienen ningún atisbo de refinamiento. Ni siquiera huelen a algo similar a una flor. Pero no consiguió otra cosa. Se ve que la helada del martes pasado terminó por arruinar las pocas plantas que quedaban en los canteros de la cuadra. Y él más lejos no va porque empujar el andador por esas veredas todas rotas es un verdadero tormento.

Le llevó más de media hora arreglar el ramo. Sus manos ya no tienen la destreza que tenían hace tan sólo cuatro años. Sus dedos se han vuelto inútiles, viven dormidos, los siente hinchados, ajenos a él.

Aun así, no pasa un sólo viernes sin que salga a recorrer la cuadra (porque más lejos no va) y corte algunas flores para el florero de cristal de Murano que puso el primer día junto al retrato de Luisa y allí se quedó para siempre. Juró por ella que mientras él estuviera vivo, no pasaría un solo día sin que hubiera flores junto a la sonrisa de su difunta esposa.

Pero hoy sólo consiguió malvones y eso lo tiene de pésimo humor.

Cada viernes, tira las flores marchitas, cambia el agua y acomoda las que consiguió mientras guarda la esperanza de ver algún gesto de Luisa. Es que ella no se puede haber ido así, sin siquiera despedirse.

Apoya el florero y se queda un largo rato mirándola a los ojos con la vaga impresión de que ella está a punto de parpadear o de hacer una mueca que muestre más francamente su sonrisa. En ocasiones, cree ver un leve brillo en el collar que ella llevaba puesto ese día, el de la boda del Gringo, el hijo de la Rusa. ¡Qué linda estaba esa noche! Casi más linda que la mismísima novia. Y eso era mucho decir.

Esa noche Fermín sintió cómo su amor se renovaba, recuperaba el vigor que hacía años había perdido porque ya los dos acarreaban un cuerpo cansado y débil que sólo procuraba saciar las mayores urgencias y parecía ya no tener lugar para el amor carnal. Pero esa velada fue mágicamente rejuvenecedora. Al verla a Luisa tan reluciente, Fermín volvió a sentir cómo sus músculos cobraban vida y ganaban espesor. Luisa se dejó llevar como cuando era una niña y partió con él después del vals, inventando excusas para dejar la fiesta y volver a la casa a celebrar la maravilla del inesperado fulgor en la mirada de su esposo. El amanecer los sorprendió despiertos, enredados en las sábanas riendo a carcajadas, con incredulidad.

Por un segundo, una de las perlas cultivadas parece brillar, como si la luz le diera desde otro ángulo, cosa rara porque él no mueve nunca el portarretrato. Si lo moviera, teme, nunca podría comprobar si es ella la que hace algún gesto o emite alguna señal o si sólo se trata de una ilusión óptica.

Entonces sí, puede ser Luisa, cree, que inclinó levemente la cabeza como queriendo quitarle a él de encima ese manto impiadoso con el que la soledad lo cubrió todo desde el día en que ella suspiró por última vez cerrando los ojos sin decir una palabra.

Habían terminado partido, revancha y bueno. Ella lo había vencido con un chin-chon limpio, sin comodín. A él, lejos de provocarle rabia perder, le encantaba verla ganar porque ella festejaba su triunfo como una adolescente, con grititos agudos acompañados por leves saltitos en la silla que la hacían ver tan juvenil. Esa vez, nada de eso ocurrió. Apenas apoyó las cartas en abanico sobre la mesa de la cocina, mientras se levantaba lenta y pesada para irse a acostar, dijo, porque ya era tarde y tenía más sueño que de costumbre. No se soltó el pelo, no se quitó ni la ropa ni los zapatos. Apoyó la cabeza en la almohada con la mirada perdida, bajó sus párpados sin emitir una palabra y se fue.

Cuando Fermín despierta de ese eterno espejismo vuelve a sentir la quietud de la casa tan igual a como ella la dejó porque él no se atreve a tocar nada. A veces es el gato, que de un salto se sube al aparador donde está el florero junto al portaretrato. Otras veces es Ida, la vecina, que toca el timbre para preguntar si él necesita algo porque ella va al almacén y se ofrece a traerle lo que le haga falta. Y si no, es Rubén, el sobrino de Luisa, que todos los días se da una vuelta haciendo ver que pasa para saludar al tío, pero en verdad pasa para calcular cuánto falta para que él pueda dejar de alquilar la piecita esa, llena de humedad y ocupar la casa que su tía le legó porque él es el hijo que ella nunca tuvo.

Todo está igual pero se ha vuelto opaco, se ha vuelto gris… Él no quitó nada, ni siquiera quitó la tierra que se apoya en todos los objetos y en especial en el juego de té de plata de quince piezas que alguien les regaló cuando se casaron y siempre estuvo ahí en esa bandeja, que ahora se ve tan negruzca y no sirvió nunca de nada más que para que Luisa rezongara cada vez que tenía que lustrar todos los vericuetos para borrar las huellas del tiempo que iba pasando implacable quitándole el brillo a todo.

Ni el gato, ni Ida, ni Rubén. Tampoco el gesto esperado de Luisa.

Lentamente empuja el andador, que ahora también usa dentro de la casa por miedo a tambalear y caerse, porque nadie lo levantaría y si se cae un viernes, nadie iría a buscar ninguna flor, el rompería su juramento y ella jamás se lo perdonaría.

Se sostiene con firmeza y toma la dirección que traía cuando llegó con los malvones al aparador y se quedó prendado de la mirada inerte de ella que parece chispear pero no, nunca lo hace. Empuja y se va, arrastrando los pies cansados. Se va para no sentir que se queda pegado a ella y sobre todo, se va para darle motivo para que en otro momento ella sí le de esa señal que él tanto espera pero que hoy parece no llegar. Eso está más que claro, entonces se va.

Y camina. Mal que mal, camina y llega a la cocina, que está apenas a unos metros. El gato lo sigue queriendo jugar, pero lo esquiva y sigue de largo cuando se da cuenta que él no está de humor por culpa de esos malvones tan poco refinados e insípidos que no le dan siquiera un pequeño motivo para estar un poco mejor que ayer o que antes de ayer y seguramente esto empeorará porque él sólo busca flores los viernes y entonces habrá que esperar una semana entera para ver si algo cambia. Quizá encuentre crespones o lapachos y así sí, la rutina de los próximos días se torne más amable.

Apartar unos centímetros la silla de madera, tan pesada, alejarla de la mesa y hacer lugar para sentarse, cada día le cuesta más, requiere de una habilidad que él ya casi no tiene. La perdió junto a la destreza de sus dedos dormidos y al saludo de Luisa que parece no querer volver.

Pero si no se sienta un rato, se tendrá que acostar y todavía es demasiado temprano. Entonces corre la silla como puede, ayudándose un poco con el codo del brazo izquierdo, porque el derecho está débilmente afirmado al borde de la mesa. Es que si se cayera, nadie lo levantaría y cómo haría para volver a estar en pie. Cuando se dispone a sentarse, nota que no tiene nada que hacer allí y que si se sienta, sólo lo haría para luego tener que levantarse, volver a poner la silla en su lugar y empujar el andador en alguna otra dirección para ir a algún otro rincón de la casa donde quizá sí se le ocurra algo para hacer que no sea esperar que pase un rato antes de hacer alguna otra cosa en algún otro lugar. Otro lugar de la casa, claro está.

Quizá si el televisor estuviera en la cocina como quería ella, sería más entretenido y el tiempo pasaría más rápido y él no tendría que dejar la silla ni pensar en qué otra cosa podría hacer. Se quedaría ahí.

Pero lo pusieron en el living porque él quería ver la tele frente al sillón principal, donde– pensaba él – se sentarían los dos hasta el final de sus días a distraerse sin preocupaciones, total tenían su casita y una jubilación decente para poder subsistir. Y además ella lo tenía a él y él a ella y con eso bastaba.

Hoy el gato no saltó al aparador. Parece saber que el cristal de Murano está lleno de malvones que nunca debieron llegar ahí y no se interesa por acercarse, ni por sacarlo a él de su letargo porque él ya no está parado frente a Luisa. Está en la cocina, no sabiendo muy bien qué hacer porque sus dedos están más torpes que nunca y su cabeza bastante aturdida.

Tampoco vino Ida. Se ve que el frío la tiene a mal traer y decidió no ir al almacén. Igual a él no le hace falta nada. Al menos nada que ella podría traerle de ningún lugar porque además, en la cuadra, hoy no hay más que malvones así que no tiene caso insistir con eso. Pero Rubén sí viene. Rubén toca la puerta y grita:

—Tío Fermín! Soy yo, Rubén. ¿Me abre?

Escuchar, Fermín escucha perfecto. Ese no es el problema. Lo que le preocupa es cómo hacerle saber a Rubén que escuchó su llamado y que se dispone a abrir la puerta. Tardará una eternidad en girar el andador que quedó mirando para el lado opuesto y empujarlo hasta la puerta de entrada que está en el living, como es de suponer, y él está en la cocina porque todavía no decidió qué otra cosa haría ni a dónde podría dirigirse. Con mucho esfuerzo apura el paso y abre la puerta justo antes de que Rubén crea que él anda por ahí cortando flores y salga a buscarlo por la cuadra.

— ¿Qué se cuenta tío? ¿Cómo va la cosa?

— Acá andamos…

— Con frío ¿no? ¡Qué terrible! Dijeron en la radio que mañana va a ser el día más frío del año. Tiene que cuidarse. No vaya a salir porque la neumonía anda dando vueltas y este año viene jodida y más a su edad. Pero usted anda bien ¿no? ¿No tiene tos ni nada de eso?

— No, no…sólo me molestan un poco las manos y este paso lento…

Fermín sabe que dijo lo mismo que ayer y posiblemente lo mismo que dirá mañana y nota cierto aire de decepción en el sobrino de Luisa, pero prefiere no pensar en eso.

— Bueno, me voy. Sólo pasé a ver cómo andaba. Sigo mi camino porque me quedan algunos clientes por ver. Estos mosquitos no se van ni con el frío, parece mentira.

Fermín cierra la puerta detrás de Rubén. Mira el reloj. Las cuatro y media pasadas. Toma el andador que apunta en sentido opuesto, parece a propósito. Lo gira. Se asegura de direccionarlo al sillón, para no errar.

Pero antes de acomodarse, pasa por el aparador. La mira. Nota algo extraño esta vez. Vuelve a mirarla. Hay un pequeño destello en la mejilla izquierda de Luisa. Se quita los anteojos. Los frota contra la bata de lana cuadrillé que lleva puesta. Podría jurar que hace apenas un rato, cuando acomodó los malvones, ese destello no estaba …Se vuelve a poner los anteojos y sí, está más seguro que antes. Se acerca empujando de a poquito, de a pasos cortitos y silenciosos, casi en el aire, para evitar algún ruido que podría arruinar lo que esta vez sí, sin dudas está por suceder. Vuelve a mirar a Luisa. Algo brilla en su mejilla izquierda. Sí. Suelta el mango derecho del andador. Estira el brazo. Tembloroso, llega a rozar la cara. Siente una especie de humedad en las yemas de sus dedos.

Luisa está con él. Luisa está en la casa. Se queda parado frente al aparador mientras busca otra señal sin apartar por un segundo la mirada. Quizá ella tenga algo que decir. Trata de prestar mucha atención. Fija aún más la mirada. Se sostiene firme sin pestañear, sintiendo cómo sus piernas recobran su vitalidad mientras su vista se agudiza y él recupera su lucidez. Ya no se agarra de nada. Puede sostenerse solo, sin titubear.

De pronto, un estruendo irrumpe con fuerza. Es el gato que hurguetea en la buhardilla y como siempre, hace caer algún trasto que rebota en el techo, justo arriba del aparador. En cuestión de segundos, todo se ensombrece, todo se apaga. Todo, menos los malvones, cuyo rojo intenso parece ser ahora el color más vivo de la casa.

GABY MADERA

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