EL PATIO

Desde pequeño había crecido en aquella modesta casa. Los años habían hecho mella en ella, y en días de viento, podías ver como algún trozo de tiza se desprendía de la pared dejando la acera llena de polvo. En la parte de atrás, un pequeño patio donde antes daba el sol, ahora había quedado ahogado por unos enormes bloques de hormigón. Apenas salía allí ya, era deprimente ver cómo donde antes había un mosaico de plantas ahora no quedaban más que cuatro macetas de piedra llenas de arena. Estaba observando ese lúgubre lugar a través de la ventana que comunicaba con el salón. Desde allí, los delgados muros que separaban las casas me permitían escuchar tenuemente las voces de mis vecinos.

Eran el señor Francisco y su perro. Oía como el animal y él discutía para salir a la calle. Estaba intentado ponerle la correa, pero él gruñía y se escapaba sin intención alguna de poner de su parte para atarse la hebilla.

-Francisco, como no te estés quieto te quedas en casa -escuche como gritaba finalmente. No le gustaba la idea de ir atado, pero tenía que acceder si no quería verse privado de su paseo matutino. Con el característico portazo final deduje que después de todo ese escándalo que había montado al final decidió ser una persona obediente.

-A ver si aprendes tú -me sorprendió mi amo que había estado todo ese tiempo también en el salón.

Hice como si no hubiera escuchado sus necias palabras, y le pedí con toda la amabilidad del mundo que me abriera la puerta del patio. Él accedió, sabía que a esa hora tendría que hacer mis necesidades. Yo nunca salía a la calle, pensaba que lo que me esperaba fuera no era muy distinto a lo que me podía encontrar en el patio, y al menos allí no me hacía falta la correa.

Fui a la misma maceta donde solía ir cada día y manteniendo el equilibrio levanté una pierna. Cuando terminé, un resbaladizo riachuelo que se había formado se juntó con mí poca habilidad para usar los brazos como patas y resbalé dándome un gran golpe en el abdomen. Revolviéndome del dolor, no me di cuenta de que cada vez estaba más embarrado y pegado al suelo. Mis débiles músculos apenas hicieron unos escasos impulsos para tratar de levantarme, pero terminaron desistiendo.

De espaldas al suelo, y con casi todo mi cuerpo impregnado de esa repugnante mezcla, me quedé mirando hacia arriba con esa impasibilidad propia de alguien que se ha dado por vencido. En ese momento, vi a Francisco asomado en el balcón que acababa de volver de su paseo. Le bastaron pocos segundos para entender que yo no estaba en esa situación por gusto propio, y que no podía hacer nada para remediarlo. Sin embargo, esperó un tiempo antes de hacer nada, porque yo no le pedía ayuda, estaba demasiado absorto pensando en cual fue el momento en que dejamos de andar sobre dos piernas.

Al caerme me había clavado una piedra en el abdomen y la herida, que hasta entonces había pasado desapercibida, ahora empezaba a brotar sangre. El color del riachuelo tardó poco en teñirse de color rojo y esa fue la señal que necesitó Francisco para reaccionar.

Ladró, más fuerte de lo que es posible ladrar, y aunque detestara llevar correas y que le trataran como a un perro ladró de tal forma que hasta parecía orgulloso de serlo. A su voz, que parecía que ya no podía dar más de sí, se le sumó otra proveniente de algún otro balcón que no pude localizar. Rápidamente esos ladridos se fueron reprodujeron con tanta fuerza que retumbaron por todas las paredes del patio y hacían que hasta me temblara el cuerpo. Hubo un momento que llegaron a apoderarse del aire, vibraban a través del sol y también en la sombra. Provenían de los balcones más bajos, pero también de los de arriba, de las casas antiguas, pero también de los edificios nuevos.

 

Eran tantos, y hacían tanto ruido, que ningún amo pudo hacer ver como si no los escuchara.

FERRAN AMAT GUILLÉN

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