ENTRE CUATRO PAREDES

Estoy en estas cuatro paredes encerrado, que no es una tumba ni un juego de ajedrez. Es el confinamiento en mi cuarto, aquí, dónde todo es familiar y se perfectamente a que distancia queda cada cosa de mi mano; dónde encender la luz, donde están los libros que apenas leo, los cargadores del teléfono y del ordenador o los pañuelos de un solo uso. Todo queda en un orden más o menos cósmico y personal.

Aquí en la gran ciudad del área metropolitana, a este rincón del espacio tiempo le llaman Juventud, calle Juventud en el municipio de Hospitalet. Pero antes, se ha llamado Rho Fiera Milano, Ricard Vinyes Lleida o partida les Devesses Cervià. Esta habitación que como maceta se ha ido ensanchando según el paso de los años, o reduciendo por el volumen de cosas, es la misma habitación que vengo pagando y que la independencia brusca en mi rebelde adolescencia me ha llevado a un lugar u otro del mundo.

Ahora, que millones de habitantes se encuentran en la misma situación en la que yo me he encontrado por tantos años, no digo que me encuentre bien, no digo que esto me alegre, más creo, estar en sintonía con este mundo. Quizás, como en el cuento de aquel autor que debería recordar, pero al que siempre olvido el nombre (mi memoria es nefasta) y que narraba la existencia en una casa de un reloj parado a las 5 ¿de la tarde? ¿de la mañana? pero que en realidad cada doce horas iba en sintonía con el mundo. Son tantas las veces en la que me cuestiono ser ese mismo reloj parado, como lo está ahora mismo el mundo occidental al que hemos engordado sin mesura durante estos últimos siglos y que ahora se ve amenazado por un enemigo invisible.

Vuelvo al reloj parado de aquel cuento que mal recuerdo, a la habitación desde donde ahora se desprenden estas letras. Vuelvo al YO. Me siento confinado a medias… y supongo que para la gente “normal” esto es un gran sacrificio, pero para mí, a hora mismo es un día más. Es verdad que no he ido al supermercado hoy, es verdad que no he bajado a la calle, pero mi mundo demasiadas veces se reduce a estas cuatro paredes. Vivo en el mundo de lo etéreo, es más, veo lo invisible y aquello que se le escapa al resto del mundo. He visto como el bichito correteaba por el metro, cuando salí a trabajar. He visto como se desplazaba por el techo de mi habitación y veía como de una forma tosca quería narrar algo que quizás nadie necesite escuchar. ¿Pero a que venía todo esto? ah sí, a estas cuatro paredes.

Me acaban de hacer llegar un documental sobre un poeta peruano, Javier Heraud, que me ha devuelto con sus paisajes e historias a ese gran continente americano que tan mal vemos desde esta parte del mundo. Me ha hecho dar cuenta de la estrechez de los muros de esta habitación.

Cuando he tenido la suerte de viajar hacía allí, siempre he notado cierta sensación de “asfixia” y que nunca he sabido comprender. Me viene a la mente mi primer viaje a El Salvador, no podía discernir entre la vegetación y la ciudad desde la ventanilla de aquel taxi que me llevaba a toda velocidad hacia el hotel que había reservado.

Viajar a América es darse cuenta de esa libertad que aquí no tenemos en las grandes ciudades, esa no libertad que ahora es más acusada que nunca. Vivimos hacinados en pocos metros cuadrados, cohabitando espacios masificados, entre paredes y más paredes. Allí se caen las paredes, la vegetación tiene un peso solemne en el día a día y si bien es verdad que el frio es el que nos hace recluir y encerrarnos en nuestras cajas de cerillas a las que llamamos hogar, allí no es necesario tal reclusión. Cuando uno viaja a esos países le falta algo, le faltan las trincheras del día a día que representan las paredes.

Aquella falsa seguridad, lo estable, aunque vivamos en un mundito chiquitito es nuestra porción de mundo asignada y la aceptamos como tal, quedan claros los inicios y los finales, podemos palparlos. Allí las fronteras son copas de árboles donde hay pájaros moviéndose entre tres países diferentes y no se dan ni cuenta de ello, es así, me dio ansiedad no controlar el mundo que me rodeaba, ver más allá de la calle en la que caminaba. Aquí el muro, en cambio, también es virtual, es un teléfono móvil, una tableta o un ordenador. No sabemos ver más allá, porque si lo viéramos nos daríamos cuenta de lo pequeño que es nuestro reino del libre consumo. Lo poco que controlamos, lo inestable y simbólico que es todo, así que por eso nos crea ansiedad pasar tanto tiempo “encerrados”, nos da miedo vernos.

Pero todo esto pasará, llegará el día 15 o 26 y podremos volver a las terracitas, al Mercadona sin colas ni peleas, a hacinarnos en el metro en hora punta, volveremos a habitar pequeñas habitaciones de alquileres desorbitados, y yo seguiré mirando hacía la otra ribera del atlántico, donde quizás allí encuentre algo más de oxígeno, aquel que mis cuatro paredes, ya no me pueden brindar.

ALEX MADUEÑO

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